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lunes, 7 de marzo de 2016

Leiva, un hombre temido por los bandidos


Tomado del periódico Vanguardia

«Y la provincia se levantó contra sus enemigos, los campesinos en las montañas se movilizaron, formidables batallones de lucha contra bandidos surgieron con el propósito de aplastar a los contrarrevolucionarios. Fue larga la lucha, duró años».
Fidel, 26 de julio de 1965, en Santa Clara

Desde que el cabo Lara se alzó en Pinar del Río en 1959 hasta la captura de Pepe Reboso, el último bandido, la Revolución Cubana tuvo que enfrentar una de sus luchas más heroicas. Alto fue el costo, tanto en vidas humanas como en daños materiales, valorados en millones de pesos.

Víctimas del bandidismo fueron los alfabetizadores Conrado Benítez, Manuel Ascunce Domenech y Delfín Sen Cedré. También perdieron la vida en esas operaciones 295 combatientes. No hubo tregua contra el enemigo: 2005 contrarrevolucionarios fueron aniquilados, y otra buena parte, capturados.

Fidel proclama fin del bandidismo en Santa ClaraEl Comandante en Jefe proclama en Santa Clara, el 26 de julio de 1965, el fin del bandidismo en Cuba. (Foto: Archivo de Vanguardia) 
Muchos hombres se destacaron en esa dura batalla, librada esencialmente en las montañas del Escambray. Cazabandidos famosos hubo varios, como Puro Villalobos, Mongo Treto y el legendario Gustavo Castellón, el Caballo de Mayaguara.

Andrés Leiva Castro se inserta en la lista de estas figuras de leyenda, aunque él mismo no tenga idea exacta de su contribución a la causa. Creador del grupo conocido como El Molino, participó en la captura de muchos de esos alzados, asesinos en su gran mayoría, y desde las filas de la Seguridad del Estado dirigió la desarticulación de varias bandas en la zona norte de la antigua provincia de Las Villas.

En la sala de su casa, en el reparto Escambray, en Santa Clara, conversamos durante varias horas. Nos contó de un intento de atentado a Fidel, en Santa Clara, en 1967, apenas dos años después de la épica batalla ganada al bandidismo. El líder histórico de la Revolución desempeñó un importantísimo papel en la Lucha contra Bandidos (LCB), y como bien expresa el hoy general de brigada (r) Andrés Juan Leiva Castro, Fidel no solo diseñó la estrategia de lucha, sino que él mismo, a riesgo de su propia vida, tomó parte en varias operaciones de captura de bandas.

«El molino» de Leiva Castro

De origen campesino humilde, desmochador de palmas, nacido y criado en la zona de Vueltas, y militante desde antes de los 15 años en la Juventud Socialista, Leiva Castro se sumó, a inicios de 1959, a las filas del Ejército Rebelde para trabajar en el entonces Buró Agrario.

En mayo de 1960 lo nombran investigador de la Dirección de Información e Inteligencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (DIIFAR), donde comienza su fructífera carrera dentro de los Órganos de la Seguridad del Estado.

Leiva Castro en entrevista a VanguardiaFue el entonces primer teniente Aníbal Velaz quien le diera el primer caso: «Tenía 20 años, y apenas quinto grado».

El 6 de octubre de 1961, por indicaciones del propio Aníbal Velaz, se le designa al frente de un grupo especial para capturar bandidos: el famoso grupo El Molino, capaz de engañar a más de 30 colaboradores de los alzados y desarticular varias bandas contrarrevolucionarias.

«Éramos unos 12 hombres. Siete exbandidos de verdad, o sea, bandidos capturados que se habían pasado al bando nuestro, y cinco miembros de la Seguridad. Para engatusar al enemigo y hacer que nos revelara dónde estaban escondidos los alzados, la mayoría del grupo vestía y calzaba como bandidos, con el pelo largo, sin afeitarse y hasta con su misma peste.

«Cogíamos al colaborador de bandidos y preparábamos un paripé de interrogatorio. El hombre no decía nada, pero le hacíamos una carta donde afirmábamos que había cooperado con nosotros y que la información brindada había sido muy útil. Por la noche salíamos con él, custodiado por dos o tres hombres, como de traslado a otro sitio.

«En el lugar previsto, el carro se rompía, y apenas caminados unos metros una banda de supuestos alzados —nosotros mismos— los capturaba. A los soldados rebeldes se les fusilaba o, al menos, eso le hacíamos creer al colaborador, quien escuchaba los disparos y se atemorizaba.

«Tú no eres colaborador nada, tú eres del G2. Mira lo que dice esta carta. El hombre, acobardado, pues sabía que su vida peligraba, se defendía afirmando que era mentira, y entonces sí nos daba la información que necesitábamos.

«Luego, nosotros caíamos en una emboscada de las tropas de la LCB (Lucha contra Bandidos) y éramos conducidos de vuelta al lugar de donde mismo habíamos salido unas horas antes: al G2. El hombre quedaba preso de nuevo, y «los falsos bandidos» íbamos tranquilamente a dormir en nuestras casas.

«Así fue capturada la banda de Osvaldo Ramírez. El simulacro lo hicimos en la loma La Puntilla, cerca de Remedios. Fue exactamente el 10 de abril de 1962, y el colaborador nos dio la ubicación exacta donde estaban los alzados y los lugares por donde acostumbraban moverse».

Dado por muerto

El 1 de septiembre de 1962, Leiva Castro recibe la orden de participar en un operativo. Salió con tres compañeros y un colaborador que había dicho estar dispuesto a brindar información: «Por la zona de Esperanza, entramos a un cañaveral. El hombre sabía que allí estaban los bandidos y se me tiró por la espalda, al tiempo que gritaba que nosotros éramos del G-2.

«Los demás escaparon. Me quedé solo forcejeando con ellos. Recibí un tiro de una pistola calibre 45 en el muslo, pero seguí faja’o. Escuché que le dijeron al bandido: ‘‘Métele un culatazo en la cabeza, apriétale el pescuezo y ahórcalo’’. Yo entonces estaba fuerte. El golpe que me dio con el cabo de la pistola fue terrible. Sentí un frío enorme y perdí el conocimiento.

«Me dejaron por muerto. Luego supe que no me habían rematado con otro disparo por temor a ser oídos por nuestra tropa, que andaba cerca, y porque creían que estaban cercados. Estuve inconsciente durante horas. Salvé la vida, pero me queda el recuerdo de tener una parte del cráneo de platino.

También conservo la huella del balazo en la pierna. Una vez repuesto, me reincorporé a la lucha.
«El 3 de febrero de 1963 fui designado jefe del frente Yaguajay, en la zona norte de la antigua Las Villas. Allí operaban unas 14 bandas de alzados. La última cayó en nuestras manos el 5 de julio de 1965, ya entonces estaba como delegado del Minint en Caibarién. Era la del bandido Juan Alberto Martínez Andrade y su gente.

Encuentro de Leiva Castro con Fidel Castro en el EscambrayEncuentro de Leiva (al centro) con Fidel. Ocurrió en enero de 1970 en Gavilanes, Escambray. El Comandante en Jefe le imparte instrucciones de cómo proceder para evitar que los hechos de sangre del bandidismo se repitieran en el lomerío villareño. Entonces Leiva era jefe del DSE del G-2 en Las Villas. (Foto: Cortesía del entrevistado) 
«Lo que aprendí se lo debo en buena medida a los jefes que tuve. Además del ejemplo de Fidel —que estuvo en una de las primeras operaciones, el 8 de septiembre de 1960, donde se capturó a Alberto, hermano del cabecilla Sinesio Wash Ríos—, tuve a dos buenos maestros en Aníbal Velaz y Luis Felipe Denis. Nunca me imponían nada, utilizaban la persuasión y me dejaban pensar con cabeza propia. Así me comprometían más. Ese método lo apliqué toda la vida, y me dio buenos resultados».

Los últimos tres bandidos

En su discurso de aquel 26 de julio de 1965, en el que declaró oficialmente el fin del bandidismo en Cuba, el Comandante en Jefe dijo: «Y de los contrarrevolucionarios solo quedan tres, y no organizados en forma de bandas, sino tres fugitivos».

¿Quiénes eran los bandidos fugitivos? El general Leiva Castro tiene las respuestas y las ofrece con lujos de detalles.

«El Comandante se refería especialmente a Luis Santana Gallardo, conocido como Luis Vargas, quien desde la época de Batista era un ladrón de ganado, un cuatrero y tenía varias causas pendientes con el gobierno, por lo que se alzó en el Escambray con la gente del II Frente, y alcanzó los grados de capitán. Un tiempito después se levantó en armas contra nosotros y operó durante años, moviéndose constantemente por todas esas lomas.

«Lo capturaron en la provincia de Matanzas. Cayó en una operación de salida del país, planificada por nosotros, semejante a la Operación Trasbordo, que permitió capturar a Juan Emilio Carretero, hecho recogido en la película El hombre de Masinicú.

«Al segundo, también finalmente en manos del G-2, le decían Juan la Cagá. Y el último de los bandidos en Cuba fue José Reboso Febles, Pepe Reboso. Yo planifiqué esa operación. Lo capturamos el 1 de octubre de 1965.

«Se le tomó una foto a Luis Vargas, con espejuelos, al lado de un carro, con una pistola en el cinto, como si estuviera en Estados Unidos, y se le hizo llegar a Reboso. Estuvo de acuerdo en salir del país. Había un ciclón anunciado, pero así mismo, bajo la llovizna, actuamos contra él. Todavía recuerdo cuando llegó a Operaciones, en la Carretera a Camajuaní. Los ojos se le querían salir del susto.

«Con su captura, el bandidismo quedaba erradicado para siempre en Cuba».

Epílogo

El general Leiva Castro tiene escritos varios apuntes de toda esta historia, tan hermosa como desconocida por parte de las actuales generaciones de villaclareños y cubanos.

A 50 años de aquellos acontecimientos y en los momentos que vive la Patria, recordar el importante discurso de Fidel el 26 de julio de 1965 resulta valedero para continuar la lucha, sin olvidar las lecciones de la Historia.

Afirmaba Fidel ese día, acá en Santa Clara: «Dediquemos en este instante nuestro pensamiento y nuestro recuerdo a los que cayeron en la lucha, la expresión de nuestra solidaridad con sus familiares, con sus madres, con sus hermanos, con sus esposas y expresarles ese sentimiento de cariño de todos nosotros y esa seguridad de que la sangre de los buenos nunca se derrama en vano».

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